He escrito a Yael para pedirle supervisión de un texto. Está ajetreada con los últimos festivales y es probable que tarde en contestar. Hace mucho que no hablamos, y sería una buena manera de recuperar contacto. Yael y yo nos conocimos una tarde de junio que podría haber sido de octubre. La lluvia caía sobre Barcelona, salíamos de clase y tomamos juntas un taxi para llegar a la Filmoteca. Mi período italiano había terminado, pero Yael no lo sabía. Lo que parecía tener que terminar en un par de cervezas en las que íbamos a ahogar la decepción del documental de mujeres que no nos gustó, empezó ante un par de pizzas tremendas. Las pedimos iguales. Un festival de sabores italo-catalanes que, junto a la lluvia, acabaron atizando la nostalgia por mi aventura fracasada en una trattoria italiana que Yael olfateó durante cuatro cuadras y varios centímetros cúbicos de agua en nuestras cabelleras.
Empezamos voraces, y terminamos cerrando varios bares y tumbando varios vasos de ginebra. No había taxis, y hablamos de ópera y de actrices bajo lluvia. Sus rizos morenos se empapaban sobre su frente, dando a su tez un poco hombruna un no sé qué de senador antiguo. Le hablé de Roma, de Teo, de lo lejos que una mujer puede lanzar a veces su orgullo, de lo poco práctico que ésto resulta para encontrarlo de nuevo a la vuelta, si encima es de noche y llueve. Ella injertó en mis frases divertidos monosílabos, y alguna que otra interjección, más solidaria que entusiasta. Luego sopesó mi empacho de cultura itálica, la necesidad del limoncello y de los romanos de retórica, pantomima y manos líricas para llegar a la conclusión de que a veces es necesario llegar al fondo de una cuestión. Que en cierto modo todos somos un poco turistas, que ser excesivo amplia las experiencias, y que a la luz de los hechos, qué poco afortunada nuestra primera cena en una trattoria italiana. No había coches en toda la ciudad, ése vacío gradual que nos regalaban antes los meses estivales. Aún así, nos paramos en seco ante un semáforo dejando que la lluvia nos empapara. Entonces Yael me miró, y dijo:
-Aunque bien pensado, así has hecho una buena catarsis.
En la parada del autobús nocturno, se decolgó de la espalda la enorme bolsa que había cargado todo el día, y sacó de ella una colección de ocho cintas. Eran los Diarios de David Perlov. "Te gustarán. Devuélvemelos en octubre". Me los puso en los brazos. Yael olía a flores cerradas y a ginebra. He visto ésas cintas muchas veces. Y éstas me han hecho pensar siempre en otras imágenes. Nos gusta fumar por Humphrey Bogart y Bette Davis; tenemos nostalgia de habitaciones donde hemos sido dichosos por Greta Garbo y Marguerite Duras; el desierto es romántico gracias a Wim Wenders; todos los amores saben a Hollywood, y todas las rupturas a ópera, a lluvia, y a David Perlov. Al desaparecer Yael, con la nariz pegada en la luna empañada del autobús, conservé un rato su sonrisa de neón, la imagen de sus cabellos pegándose como serpientes al cristal, su mochila abandonada en el asiento de al lado. Mientras yo despedía su imagen, ella conservó mi contraplano, igual de empapada y ridícula, con los brazos cargados de David Perlov, bajo la lluvia de otoño que no cesaba. Por culpa del cine, por ése primer encuentro con tintes de despedida, siempre he creído en éstas imágenes como en la secuencia de una noche de un verano tardío. Junio apenas había empezado, pero ningún guionista americano compraría jamás ésta escena y aún estábamos muy lejos de octubre.

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