domingo, 19 de septiembre de 2010

El coleccionista de rostros

La apariencia de un siglo la compone la mirada de sus coetáneos. Llevo todo el día pensando en las imágenes de Richard Avedon, así que me gusta inaugurar éste pequeño proyecto de desintoxiación de facebook con su mirada. Muchos lo saben uno de los mejores fotógrafos contemporáneos, yo me inclino por ver en él el mejor artista del retrato que he tenido el gusto de conocer.
Conocía el magnetismo del rostro, y lo experimentó dándonos imágenes bellísimas de personas anónimas, de mineros del este de los Estados Unidos y de niños del Harlem de los años 40. Sin embargo, creo que la potencia de su arte quedó en las fotografías de las celebridades del siglo XX, en cuyos rostros supo capturar una expresión inusitada.

Pienso en ése gesto desprevenido, de fotomatón, que captó en la siempre tan compuesta Marylin, estrella de estrellas. Pienso también en la alegría que vió en la gran trágica Anna Magnani. Así debía ser entre tomas la actriz que se divertía haciendo de la cámara algo cotidiano. Cuando fotografió a Ezra Pound prefirió la luz de su senectud a la de su genio. El dramaturgo cierra los ojos, invitando a la oscuridad todas ésas imágenes de futuras historias posibles. Ante Groucho Marx descartó la máscara y enseñó el peso de lo real en un rostro que parece renegar del espectáculo sin dejar de sucumbir a la idea golosa de una última dosis.
Avedon fue un adicto del plano medio. Más que rostros, coleccionó figuras. "Nadie es aristócrata a menos de 400 metros de su carruaje", decían los retratistas del renacimiento. Pero la figura de Avedon no es la que enseña el atributo por el que tendríamos que reconocer al minero, al domador de serpientes o al vendedor de salchichas. La figura de Avedon es la que enseña el cuerpo que sostiene el rostro como lo más grande que ofrezco al prójimo, diría Jacques Aumont. En el rostro de éstas figuras están los verdaderos contemporáneos. El actor no es sus personajes, es la figura que se prepara ante la captura. Marilyn teme el disparo de la cámara, y Anna Magnani lo ríe. El escritor no es el galán con cigarrillo orgulloso del olor a tinta nueva de su último folio, es el autor que ante la vejez tiene que empezar a despedirse de todos sus alter egos. Los ojos sellados de Pound parecen querer sólo ésta vida, aquí y ahora. El cómico no es una nariz de pega pegada a un bigote con gafas; el cómico es el comediante que acumula el cansancio provocado por la locura un poco adictiva de vivir en el filo que hay entre la máscara y lo real.

Quizás hay que tener sólo un ojo puesto en lo visible para poder emulsionar todo lo que la imagen de un paradigma nos niega. Ante los retratos de Richard Avedon, pienso en una frase del cineasta soviético Eisenstein: "Qué milagro contemplar lo que no podemos ver".

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