domingo, 14 de noviembre de 2010

ÚLTIMA NOCHE CON BERLANGA



"Un día sin una sonrisa es un día perdido", dijo Chaplin. El anuncio de su muerte ha sido la única ocasión en la que he pensado en Berlanga sin sonreír.
Anoche me dormí viéndole, en las imágenes del making of de su última película, dirigiendo por última vez a sus actores, pidiendo sus últimos planos secuencia a su director de fotografía. La persona que me descubrió el cine me había escrito un correo. Después de mucho tiempo, había vuelto a sonreír gracias a París-Tombuctú. Eran las cinco cuando el maestro se iba al paraíso, y yo, estimulada mi mente por las últimas imágenes del día, empezaba a soñar con su última película. Sentí, en sueños, que el cine estaba vivo y que los espectadores también lo estaban.

Mi primer trabajo como escritora fue un artículo enamorado a su Verdugo. Creo haber visto Calabuch continuamente, desde que tengo consciencia de cinéfila, y recuerdo todos sus visionados porque siempre me acompañaron en ellos mis personas favoritas. Irremediablemente, siento que amé a Berlanga.

Amé su cine, su modo de contar por qué hacemos películas: por ninguna razón en particular, por nada y por todo. Porque los americanos pasaron de largo o porque Mamá Dolores quería chocolate. Porque Georges Hamilton no era un científico de prestigio, sino el tío Jorge, y porque las piernas de Juanita Reina hacían brillar la mirada al malhumorado guardia civil, para quien algunos días, gracias a Berlanga, tampoco fueron días serios que pasaron en vano. El maestro arrancaba sonrisas a las almas blancas y a las negras, a las de nieve y a las de cántaro.

Hacemos cine porque no somos nadie y queremos contarlo, tal vez, o porque lo somos todo y no nos importa que nadie se de cuenta. Con el corazón helado o cara al sol, Pepe Isbert, con los pantalones alzados a la panza del Tartufo, nos ayuda a no olvidarlo. Con su alargadísima sombra, el Verdugo sentía que la vida es bella, y sólo Berlanga estuvo ahí para contemplarlo.

Hacemos cine porque estamos vivos y queremos ser viejos y enseñar hoy lo que la Censura nos obligó a cortar entonces. Porque tenemos derecho a conservar los amores de juventud, y dedicar un corto a la maestrilla a la que no dejaron soñar y que ahora lo hace, con la libertad que puede permitirse un alma vieja, en un corto hecho al final de la vida y dedicado a los amigos de aventura. Las ideas de juventud no iban a sacarnos de pobres, ni mucho menos a elevarnos a artistas, pero eran nuestras ideas brillantes de entonces, y nos ayudaban a gritar que estamos vivos y queremos hacer cine. A los 85 años, Berlanga volvió a ser un estudiante de cine de 20. Como decía Quino, tendríamos que nacer siendo viejos y morir siendo niños, para entender algunas de las sonrisas que pasan por éste mundo.

Al maestro lo recuerdo entrañable y pasota, llegando ya muy anciano a la Filmoteca de Barcelona para presentar Los jueves, milagro. Sin demasiado entusiasmo, porque ésa película “me la ayudó a dirigir la censura católica, no es del todo mérito mío”. Hasta para ensuciar el convento, era humilde, y enseñaba ésos ojillos azules de pícaro mediterráneo, con su sonrisa para todos los públicos, de los lectores de La sonrisa vertical a los niños que creen que Papá Noel nació en Peñíscola. Con la mirada alegre encajada entre las manos, el maestro se lamentaba a la eufórica audiencia “que no, no recuerdo tal película… ni siquiera recuerdo las mías”. ¿Hay una razón para recordar lo que hicimos diez años atrás? ¿Hay verdaderas razones para que hagamos cine o escribamos sobre él?

No lo sé, pero si yo las tuviera, Berlanga sería una de ellas. Permítanme un discreto duelo, los compañeros de generación que hoy soltaron perlas del tipo “Tampoco hubiese hecho nada más” o “Ya tardaba en morir ésa España de los americanos”. Hoy la juventud de la que formo parte me ha decepcionado más que la política. Al menos ésta, en boca de sus representantes de turno, ha sabido asumir que cada vez que vuelven a ver Bienvenido Mr. Marshall o Plácido algo se les vuelve a helar en la sangre y a calentar en los músculos de los labios. Es decir, que lo grave no es que haya muerto un anciano de nombre José Luis García Berlanga, sino lo que ello representa. Que el cine español, a partir de ahora, tendrá que ser muy grato y dedicar mucho tiempo a la autorreflexión retrospectiva para no ser menos de lo que Berlanga intentó que fuera. En fin, que afortunados quienes crean en nuestra conciencia cultural histórica, porque hoy estarán menos triste que yo. 

El maestro murió casi sin memoria. Un amigo que hoy se acercaba a despedirle, ha contado que la última vez que le vio, Berlanga le pidió que le contara Calabuch. Por lo visto, ante el relato, el maestro pasó muy buen rato. Yo no la he olvidado, pero la volveré a ver ésta noche. Quizás la confunda con París-Tombuctú, quizás vea en ésa España neorrealista de Berlanga a la monja horchatera de Amparo Soler Leal mientras Manuel Alexandre pinta la voluptuosa “S” que atravesó tres décadas de nuestro cine. Me reiré con el anarquismo nudista de Juan Diego y con Jose Luis Ozores toreando a su mascota, recordaré lo poco que nos gustamos viéndonos reflejados en lo que fuimos y somos pero lo mucho que nos queremos de todos modos. Sonreiré viendo volver a Berlanga y, a pesar de la profunda pérdida, de la B que se va, tanto más importante que la A de artista o la M de maestro, pensaré que ayer fue la última noche con Berlanga y hoy será la primera sin él. Y como lo haré todo sonriendo, a pesar de la tristeza porque hoy ha muerto nuesta última B, éste día de noviembre ya no habrá sido un día perdido.

Barcelona, 13 Noviembre 2010.