miércoles, 1 de diciembre de 2010

"Viajo porque preciso, volto porque te amo"

Ésta ha sido la película ganadora del Palmarés del Festival de Cine Independiente de Barcelona, L'Alternativa 2010.

Una road movie íntima, el diario de viaje de un geógolo que aprovecha un trabajo de campo por el noroeste de Brasil para olvidar un antiguo amor.






La estética recupera la nostalgia del Super8 y de la fotografía analógica, todo un reto narrativo y formal de felicísimos resultados. Felicidades a los autores y esperamos verla algún día en las salas comerciales.

domingo, 14 de noviembre de 2010

ÚLTIMA NOCHE CON BERLANGA



"Un día sin una sonrisa es un día perdido", dijo Chaplin. El anuncio de su muerte ha sido la única ocasión en la que he pensado en Berlanga sin sonreír.
Anoche me dormí viéndole, en las imágenes del making of de su última película, dirigiendo por última vez a sus actores, pidiendo sus últimos planos secuencia a su director de fotografía. La persona que me descubrió el cine me había escrito un correo. Después de mucho tiempo, había vuelto a sonreír gracias a París-Tombuctú. Eran las cinco cuando el maestro se iba al paraíso, y yo, estimulada mi mente por las últimas imágenes del día, empezaba a soñar con su última película. Sentí, en sueños, que el cine estaba vivo y que los espectadores también lo estaban.

Mi primer trabajo como escritora fue un artículo enamorado a su Verdugo. Creo haber visto Calabuch continuamente, desde que tengo consciencia de cinéfila, y recuerdo todos sus visionados porque siempre me acompañaron en ellos mis personas favoritas. Irremediablemente, siento que amé a Berlanga.

Amé su cine, su modo de contar por qué hacemos películas: por ninguna razón en particular, por nada y por todo. Porque los americanos pasaron de largo o porque Mamá Dolores quería chocolate. Porque Georges Hamilton no era un científico de prestigio, sino el tío Jorge, y porque las piernas de Juanita Reina hacían brillar la mirada al malhumorado guardia civil, para quien algunos días, gracias a Berlanga, tampoco fueron días serios que pasaron en vano. El maestro arrancaba sonrisas a las almas blancas y a las negras, a las de nieve y a las de cántaro.

Hacemos cine porque no somos nadie y queremos contarlo, tal vez, o porque lo somos todo y no nos importa que nadie se de cuenta. Con el corazón helado o cara al sol, Pepe Isbert, con los pantalones alzados a la panza del Tartufo, nos ayuda a no olvidarlo. Con su alargadísima sombra, el Verdugo sentía que la vida es bella, y sólo Berlanga estuvo ahí para contemplarlo.

Hacemos cine porque estamos vivos y queremos ser viejos y enseñar hoy lo que la Censura nos obligó a cortar entonces. Porque tenemos derecho a conservar los amores de juventud, y dedicar un corto a la maestrilla a la que no dejaron soñar y que ahora lo hace, con la libertad que puede permitirse un alma vieja, en un corto hecho al final de la vida y dedicado a los amigos de aventura. Las ideas de juventud no iban a sacarnos de pobres, ni mucho menos a elevarnos a artistas, pero eran nuestras ideas brillantes de entonces, y nos ayudaban a gritar que estamos vivos y queremos hacer cine. A los 85 años, Berlanga volvió a ser un estudiante de cine de 20. Como decía Quino, tendríamos que nacer siendo viejos y morir siendo niños, para entender algunas de las sonrisas que pasan por éste mundo.

Al maestro lo recuerdo entrañable y pasota, llegando ya muy anciano a la Filmoteca de Barcelona para presentar Los jueves, milagro. Sin demasiado entusiasmo, porque ésa película “me la ayudó a dirigir la censura católica, no es del todo mérito mío”. Hasta para ensuciar el convento, era humilde, y enseñaba ésos ojillos azules de pícaro mediterráneo, con su sonrisa para todos los públicos, de los lectores de La sonrisa vertical a los niños que creen que Papá Noel nació en Peñíscola. Con la mirada alegre encajada entre las manos, el maestro se lamentaba a la eufórica audiencia “que no, no recuerdo tal película… ni siquiera recuerdo las mías”. ¿Hay una razón para recordar lo que hicimos diez años atrás? ¿Hay verdaderas razones para que hagamos cine o escribamos sobre él?

No lo sé, pero si yo las tuviera, Berlanga sería una de ellas. Permítanme un discreto duelo, los compañeros de generación que hoy soltaron perlas del tipo “Tampoco hubiese hecho nada más” o “Ya tardaba en morir ésa España de los americanos”. Hoy la juventud de la que formo parte me ha decepcionado más que la política. Al menos ésta, en boca de sus representantes de turno, ha sabido asumir que cada vez que vuelven a ver Bienvenido Mr. Marshall o Plácido algo se les vuelve a helar en la sangre y a calentar en los músculos de los labios. Es decir, que lo grave no es que haya muerto un anciano de nombre José Luis García Berlanga, sino lo que ello representa. Que el cine español, a partir de ahora, tendrá que ser muy grato y dedicar mucho tiempo a la autorreflexión retrospectiva para no ser menos de lo que Berlanga intentó que fuera. En fin, que afortunados quienes crean en nuestra conciencia cultural histórica, porque hoy estarán menos triste que yo. 

El maestro murió casi sin memoria. Un amigo que hoy se acercaba a despedirle, ha contado que la última vez que le vio, Berlanga le pidió que le contara Calabuch. Por lo visto, ante el relato, el maestro pasó muy buen rato. Yo no la he olvidado, pero la volveré a ver ésta noche. Quizás la confunda con París-Tombuctú, quizás vea en ésa España neorrealista de Berlanga a la monja horchatera de Amparo Soler Leal mientras Manuel Alexandre pinta la voluptuosa “S” que atravesó tres décadas de nuestro cine. Me reiré con el anarquismo nudista de Juan Diego y con Jose Luis Ozores toreando a su mascota, recordaré lo poco que nos gustamos viéndonos reflejados en lo que fuimos y somos pero lo mucho que nos queremos de todos modos. Sonreiré viendo volver a Berlanga y, a pesar de la profunda pérdida, de la B que se va, tanto más importante que la A de artista o la M de maestro, pensaré que ayer fue la última noche con Berlanga y hoy será la primera sin él. Y como lo haré todo sonriendo, a pesar de la tristeza porque hoy ha muerto nuesta última B, éste día de noviembre ya no habrá sido un día perdido.

Barcelona, 13 Noviembre 2010.



martes, 21 de septiembre de 2010

Lejos de Octubre

He escrito a Yael para pedirle supervisión de un texto. Está ajetreada con los últimos festivales y es probable que tarde en contestar. Hace mucho que no hablamos, y sería una buena manera de recuperar contacto. Yael y yo nos conocimos una tarde de junio que podría haber sido de octubre. La lluvia caía sobre Barcelona, salíamos de clase y tomamos juntas un taxi para llegar a la Filmoteca. Mi período italiano había terminado, pero Yael no lo sabía. Lo que parecía tener que terminar en un par de cervezas en las que íbamos a ahogar la decepción del documental de mujeres que no nos gustó, empezó ante un par de pizzas tremendas.  Las pedimos iguales. Un festival de sabores italo-catalanes que, junto a la lluvia, acabaron atizando la nostalgia por mi aventura fracasada en una trattoria italiana que Yael olfateó durante cuatro cuadras y varios centímetros cúbicos de agua en nuestras cabelleras.
Empezamos voraces, y terminamos cerrando varios bares y tumbando varios vasos de ginebra. No había taxis, y hablamos de ópera y de actrices bajo lluvia. Sus rizos morenos se empapaban sobre su frente, dando a su tez un poco hombruna un no sé qué de senador antiguo. Le hablé de Roma, de Teo, de lo lejos que una mujer puede lanzar a veces su orgullo, de lo poco práctico que ésto resulta para encontrarlo de nuevo a la vuelta, si encima es de noche y llueve. Ella injertó en mis frases divertidos monosílabos, y alguna que otra interjección, más solidaria que entusiasta. Luego sopesó mi empacho de cultura itálica, la necesidad del limoncello y de los romanos de retórica, pantomima y manos líricas para llegar a la conclusión de que a veces es necesario llegar al fondo de una cuestión. Que en cierto modo todos somos un poco turistas, que ser excesivo amplia las experiencias, y que a la luz de los hechos, qué poco afortunada nuestra primera cena en una trattoria italiana. No había coches en toda la ciudad, ése vacío gradual que nos regalaban antes los meses estivales. Aún así, nos paramos en seco ante un semáforo dejando que la lluvia nos empapara. Entonces Yael me miró, y dijo: 
-Aunque bien pensado, así has hecho una buena catarsis.
En la parada del autobús nocturno, se decolgó de la espalda la enorme bolsa que había cargado todo el día, y sacó de ella una colección de ocho cintas. Eran los Diarios de David Perlov. "Te gustarán. Devuélvemelos en octubre". Me los puso en los brazos. Yael olía a flores cerradas y a ginebra. He visto ésas cintas muchas veces. Y éstas me han hecho pensar siempre en otras imágenes. Nos gusta fumar por Humphrey Bogart y Bette Davis; tenemos nostalgia de habitaciones donde hemos sido dichosos por Greta Garbo y Marguerite Duras; el desierto es romántico gracias a Wim Wenders; todos los amores saben a Hollywood, y todas las rupturas a ópera, a lluvia, y a David Perlov. Al desaparecer Yael, con la nariz pegada en la luna empañada del autobús, conservé un rato su sonrisa de neón, la imagen de sus cabellos pegándose como serpientes al cristal, su mochila abandonada en el asiento de al lado. Mientras yo despedía su imagen, ella conservó mi contraplano, igual de empapada y ridícula, con los brazos cargados de David Perlov, bajo la lluvia de otoño que no cesaba. Por culpa del cine, por ése primer encuentro con tintes de despedida, siempre he creído en éstas imágenes como en la secuencia de una noche de un verano tardío. Junio apenas había empezado, pero ningún guionista americano compraría jamás ésta escena y aún estábamos muy lejos de octubre. 

lunes, 20 de septiembre de 2010

Alina



L’Alina va sentir com el vaixell començava a gronxar-se damunt de l’aigua, i va poder respirar d’una sola vegada. Marxava. Per fi marxava. I li hagués agradat de trobar una paraula més forta que “anar-se’n” o “partir”, perquè de tot aquell ritual, només volia esborrar la possibilitat de tornar. Tant tossuda deien que l’havia fet la lluna, sota els estels del brau.

-Je quitte –va pensar. I a les tripes del vaixell un engranatge de ferralla va començar a rugir, fent bronzir el terra de la coberta, esquitxada amb fúria de capes i capes de pintura bruta i mal barrejada.

El païs de ciment del port anava quedant lluny, i les gavines s’adelantaven per esperar els cadàvers dels peixos que aviat surarien en l’estel·la de verd escumós. L’olor de petroli la va marejar una mica. Hagués volgut que el dia fos gris i amb boira baixa i espessa, i que tota la lletjor del món s’empassés sense soroll aquell paisatge blau-terrós. Però la llum encara era viva i el sol de primera tardor només començava a caure sobre l’horitzó de siluetes sinuoses i nítides del mosaïc de Barcelona. Maleïda ciutat.
El crepuscle, d’un carabassa pur, va cobrir Montjuïc, que, des del mar, amb aquell cementiri blanc estrenyent-li la falda en totes aquelles voltes de mausoleus irregulars, semblava l’obra d’un llunàtic. Sota la llum espessa i calenta –Barcelona tenia un sol de migdia que no marxava mai-, el pessebre de tombes i nínxols semblava de mel, i les lletres metalitzades gravades a la pedra enviaven suaus estels de llum cap a migjorn. Era bonic de veure, massa, i l’Alina va haver de pensar en l’àvia, enterrada en aquella muntanya que es deia de qualsevol manera i que només tenia pedra i morts.
-Adéu, estimada.
Flaquejava. No era culpa de ningú. De vegades no n’hi  ha prou amb desitjar que les coses es tornin lletges. De cop i volta tot era esfereïdorament bell, i volia apretar a córrer.  Fins a la barana més apartada de la proa, amagar-se dins del camarot més fosc  dins d’aquell peix de mentida que se l’enduia, fins que fos negra nit i d’aquella ciutat no en quedés ni l’ombra. Però els muscles de les cames no van respondre. S’havia fet la valenta i ara s’havia d’aguantar, perquè estimava Barcelona, i començava a enyorar tots els cops que l’havia trepitjada. Amb el plaer que fan els carrers que són durs i no sembla que se’t fiquen de mica en mica dins de les butxaques.
I tot va anar venint poc a poc. Els seus pares. No els havia vist des de molt enrera. La mare plorava, mirant-se-la amb dolor, amb el front arrugat i els dits sedosos, blancs I morts sobre la falda. El pare la mirava als ulls.

-Si marxes, no cal que tornis.

El pare. No les pensava, aquelles paraules dites d’esma. Potser, com la mare, només la volia abraçar. Aturar-la pacíficament. Ja s’entendrien l’endemà.

Sobre les mans de l’Alina, abandonades damunt de la barana vernissada, van caure un parell de llàgrimes minces i febles, i el plany fúnebre de la sirena del vaixell va ensodir-la, esmorteïnt-li les oïdes i estabornint-li el cervell. Una senyora sortida del no res va posar-se-li al costat. Portava un gos petit a coll i els cabells, grisos en la foscor inminent però que eren blancs, li fugien fets serps de cotó d’un barret de feltre fosc, una mica passat de moda, escombrats pel vent. Li va atansar un mocador de paper que lluitava per volar.

-Ça ne vaut pas la peine de pleurer, ma petite.

La llum s’havia apagat en el cel, i en aquell primer glop de fosca de la llunyania només quedaven els esquelets metàl·lics de les grues del port. I algunes gavines de retorn de l’àpat que, retallades sobre la mica de celístia mandrosa que quedava a ponent, més aviat semblaven corbs. 

(Barcelona, febrer de 2003)