Hoy he salido a comer fuera con mi amiga Men. Men es una afectuosa y exigente estudiosa de la cultura oriental, así que hemos ido al único restaurante chino de la ciudad, que, según ella, merece tal título. Me invitaba a pasar, abriéndome la puerta, con ése aire de científica que la vuelve escéptica frente a todo lo que se presente en su apariencia y no en su código genético. Las baldosas de colorines de las columnas de la entrada del restaurante me han desconcertado un poco. "El local es una especie de magma de Pequín y Parque Güell. Es tronchante". Cuando Men dice tronchante, lo dice con una seriedad que vuelve la situación, justamente, tronchante. Con Men suele ocurrirnos siempre que, hacia los postres, nos ponemos crepusculares. Pero ésta vez el día estaba lluvioso y empezamos después de los entrantes. Así que, frente a un mozalbete chino que nos ofrecía el espectáculo de deshuesar medio pato a la cantonesa empuñando una hoja de acero de tamaño Din A4, Men y yo hemos empezado a deshonrar el género humano, y especialmente el masculino.
Simone de Beauvoir nos iba llenando la copa de vino mientras el palmípedo de piel tostada se convertía en finas lonchas de algo a caballo entre el pollo y el roast beef. Aunque jamás haya convivido con hombres, creo que Men sabe lo que dice, un aforismo nihilista más acá o allá. Me gana tanto en años de experiencia, que a veces temo creer lo que dice. "Las mujeres tampoco somos gran cosa, una sencilla ecuación. Doris Lessing: o enamoradas, o lesbianas, o amargadas". La Buenver (así es como solemos llamar a Simone. Más bien suelo yo, porque Men, como es científica, se niega a creer que la constancia de sus apariciones la convierte en algo más que un personaje de enciclopedia en nuestras reuniones) escucha sin demasiado entusiasmo, con el interés centrando en las copas que vamos vaciando. Yo, como soy francesa, creo entender algo más en su expresión, pero dudo de si el amargo tacto con que se arregla sus célebres moñetes tiene relación con la cruel tripartición de Men o con una añoranza del sabor del vino. "¿Los muertos también tenéis hambre y sed, Buenver?", le pregunto en la lengua patria que compartimos. "No. Los muertos sólo tenemos memoria", me responde lacónica. Quisiera preguntarle algo más, una ayuda para no sentir que, no compartiendo los gustos de Men y de Safo, no estando enamorada, entro en ésa tripartición por la categoría menos agradecida. La Buenver sigue enamorada de Sartre, y Men es lesbiana. ¿Yo qué soy? Miro al camarero chino, pero su sonrisa ultraelástica y sus ojos de sospecha no parecen tener tener más información que la que adivino cerca del sitio donde Coco Chanel nos libró para siempre del corsé. Es decir, que estoy de buen ver. Como la Beauvoir, y como Men, que habiendo pasado su umbral de siglo, hoy llega con el halo feérico de cuando se sale de la peluquería y una pashmina de seda mongol de un color rojo bíblico. Ahí estamos las tres, pisando un rico pavimento de adoquines importados de Shangai, (excepto la Buenver, ella levita), y mirando a puntos de fuga que no existen pero nos hacen parecer intelectuales en vez de ebrias. Sobre el cadáver del ave que hemos devorado hago una asociación de ideas que me hace reír. Un personaje de Quino que era mujer y se llamaba Libertad comía del sueldo de su madre traductora, y solía decir que los pollos que comían los pagaba Jean-Paul Sartre. Es decir, el novio de mi compartriota. Quisiera preguntarle qué vio en ése par de ojos tan mal enfocados, qué clase de atadura espiritual hace que las mujeres con carácter acaben con adefesios como Sartre o Diego Rivera , y que otras acaben tan serias y nihilistas como Men. Quizás todo ésto me pasa porque la lucidez del vino me recuerda que no soy como ellas, que Buenver ha cumplido los 100, Men los 50, y yo, con mi ligero cuarto de siglo recién estrenado, sigo esperando un poeta con cuerpo de futbolista. "Nada de ésto tiene más sentido que el que le quieras dar, Duras". Es una frase que suelo verme en la necesidad de repetir. Ninguna conlusión a ésta reunión de damas es más halagadora que la de sentir en el ambiente que todo cuanto decimos y pensamos no va a ningún lugar, pero posibilita estampas inolvidables . Mi frase de autoayuda ha sido pronunciada en voz alta, y Men la toma como un aforismo. "¿Quién dice eso?". "Doris Lessing, un día que fue a comer a un chino que parecía un delirio gaudiniano con tres damas que estaban de muy buen ver". Men paga la cuenta y las tres abandonamos Shangai para desaparecer bajo la lluvia de éste otoño precoz que me pilla en sandalias. Men y yo vamos a ver una película de Margarethe von Trotta para digerir el pato de Sartre. La Beauvoir se escaquea diciendo que ella no tiene que hacer ninguna digestión porque los muertos no tienen hambre ni sed. Los muertos sólo tienen memoria. Promete devolvernos el paraguas la próxima vez que nos veamos.

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